Santo Tomás Moro: mártir inglés, patrón de políticos y gobernantes
“Nada puede pasarme que Dios no quiera.
Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.”
Es así como finalizaba Santo Tomás la carta que escribía desde la cárcel a su hija Margarita días antes de su muerte y que desde Socialistas por la Vida queremos reproducir como pequeño homenaje a este mártir político:

(The English Works of Sir Thomas More, Londres 1557, p. 1454)
Me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza.
Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad
de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del
todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta
ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo:
las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar
juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al
mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de
la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho
un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero
sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que
antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma
gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey
vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que
sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.
Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del
Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo
pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio
y, gracias a la divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento de
premio en el cielo.
No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por
más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el
espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro,
cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe de
viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo:
Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me
sujetará y no dejará que me hunda.
Y si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal
modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios,
por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída
redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso
espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de
misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa
de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el
castigo y la vergüenza de mi anterior negación.
Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que
Dios no me abandonará sin culpa mía.
Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza
y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo
menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin
embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima
guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su
justicia, lo que se ponga en mí de relieve.
Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que
sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera.
Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad
lo mejor.









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